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Elizabeth Ugarte Flores

Universidad Centroamericana, Managua

Tomado de internet http://collaborations.denison.edu/istmo/n13/articulos/recorrido.html

ugarteelizabeth@hotmail.com


La imagen es una forma de expresión abarcadora.
Percibe y concibe nuestro alrededor.


Tuvo que transcurrir un largo tiempo para que la producción audiovisual en Nicaragua viviera su periodo de efervescencia, pues no fue hasta la década de 1950 que en el país se hicieron las dos primeras producciones de ficción –aunque de realización mexicana- Rapto al sol (1956) de Fernando Méndez y La llamada de la muerte (1958) de Antonio Orellana. Ya habían pasado más de 30 años desde que David Llewelyn Wark Griffith (1875-1948)1 se había convencido de que la cinematografía que estaba produciendo era un verdadero arte.

Pero también existen referencias de dos películas anteriores, Las mulas de Pancho Frixione (1924), según datos encontrados por Miguel Ayerdis en la revista Nicaragua Informativa del 24 de agosto de 1924 (Ayerdis, 1999: 3). La película es una ficción, basada en una anécdota del finquero nicaragüense Francisco Frixione, y según parece, no fue exhibida en Nicaragua, pero sí en Estados Unidos, Londres y París. En una investigación monográfica también se habla de una película muda de realización mexicana, Así es Nicaragua de José Bohr, de la que no se conoce la fecha del rodaje, pero se sabe que contenía imágenes de las calles de la ciudad de Granada y particularmente imágenes de bellas mujeres (García y Torrez, 2000: 7).

Se dice que desde los años cuarenta, Nicaragua era uno de los lugares preferidos de la industria cinematográfica mexicana para el rodaje de sus películas, y lo que talvez no se pudiese considerar casualidad, es que para estos años el gobierno de Anastasio Somoza García (1937-1956) contratara a empresas cinematográficas mexicanas para que produjeran documentales y noticieros de propaganda para su gobierno, los cuales se proyectaban en los cines, antes de cada película.



Las primeras inquietudes

En realidad, la verdadera producción audiovisual nicaragüense tuvo lugar en la década de los ochenta, aunque en la década de 1970 ya se habían establecido las dos primeras productoras de cine –EDICIN (Empresa Distribuidora de Cine Nicaragüense) y PRODUCINE2-, pero estas se encargaron principalmente de producir noticieros y documentales que correspondían a los intereses políticos del gobierno de Anastasio Somoza Debayle (1968-1979).

En este periodo, los noticieros estuvieron influenciados por el periodismo norteamericano, pues eran noticieros convencionales, que se caracterizaban por la continuidad de la imagen y por tener una narración directa. En cambio, los noticieros de la década de los ochenta, aunque también de carácter propagandístico, estaban influenciados por la Escuela de Santiago Álvarez (1919-1998)3, y en estos prevalecía la imagen y la música, más que la narración enoff.

En 1972, entre los documentales y noticieros de propaganda para el gobierno de Anastasio Somoza Debayle, EDICIN produce Un milagro en el bosque de la chilena Margarita Álvarez, largometraje de ficción que aborda el tema religioso, concretamente la historia de la imagen de Santo Domingo de Guzmán, el santo patrono de la ciudad de Managua. Esta ficción se basó a su vez en La verdadera historia de Santo Domingo (1971), un documental de la misma realizadora.

Si bien es cierto que la década de los setenta no fue la época del auge del arte cinematográfico nicaragüense, existían ya jóvenes interesados en someterse a los instrumentos, recursos y técnicas que ofrecía el cine como medio de expresión. Por otra parte, la realización de una obra cinematográfica -por sus altos costos- implicaba grandes sacrificios, pues el Estado no estaba interesado en apoyar este tipo de proyectos y además existía un limitado interés por parte del público, ya que el país no contaba, en el sentido estricto de la palabra, con una tradición cinematográfica. Razón para que estas inquietudes se apaciguaran. No obstante, con la producción experimental Señoritas (1973), de Rafael Vargas Ruiz, cortometraje perteneciente al cine mudo y en formato blanco y negro, se puso de manifiesto la suprema creación artística que fue explorando las posibilidades expresivas de la cinematografía. Señoritas es considerado el primer cortometraje propiamente nicaragüense.



Periodo de efervescencia

En la década de los ochenta ya Nicaragua contaba con cinco centros de producción audiovisual: el Sistema Sandinista Nacional de Televisión (SSNT), el taller de video del Departamento de Comunicación del Ministerio de Reforma Agraria (MIDINRA), el taller de cine Super 8 (El Cine de los Trabajadores) de la Central Sandinista de Trabajadores (CST) y el Instituto de Cine Nicaragüense (INCINE), adscrito al Ministerio de Cultura.

Pero todo comenzó en la montaña, antes de la Revolución, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) creó la brigada cultural “Leonel Rugama”4 del Frente Sur “Benjamín Zeledón”. Fue allí desde donde un grupo de guerrilleros cineastas, que con entrenamientos básicos y con equipos de filmación obsoletos, contribuyeron a documentar la guerra de liberación de 1979. Filmaron más de 80 mil pies de película que contenían escenas de la lucha armada en contra la dictadura somozista. Desde el punto de vista propagandístico, esta brigada jugó un papel primordial, ya que a partir de todo el trabajo de filmación que recogió la lucha de insurrección, surgieron importantes producciones cinematográficas sobre la Revolución Popular Sandinista.

En 1979, la Revolución Popular Sandinista dio seguimiento al trabajo audiovisual nicaragüense, se puede decir que ésta fue la etapa de florecimiento, pues el Estado apoyaba la creación de instituciones cinematográficas. Este mismo año se estableció el Instituto Sandinista de Cine Nicaragüense (ISCN), que luego pasó a ser el Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE). El equipo de INCINE estaba conformado por un grupo de jóvenes comprometidos con el proceso revolucionario, algunos de sus fundadores habían participado en la guerra de insurrección como corresponsales de guerra y otros habían formado parte de la brigada “Leonel Rugama”.

Ellos se aventuraron a llevar adelante un cine revolucionario, de transformación social que se basaba en la ideología sandinista; era un cine integrado a una política revolucionaria. En este caso se estaba hablando del “cine militante”, una categoría interna del Tercer Cine5, es decir, “cine asumido como instrumento, complemento o apoyatura de determinada política y de las organizaciones que la llevan a cabo.” (Solanas y Getino, 1973: 130)

La institucionalización de la producción cinematográfica fue el primer paso hacia la construcción de un cine propiamente nicaragüense, que por aquellos años, buscaba su identidad. El Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE) logró ser reconocido en concursos y festivales internacionales por sus valiosas producciones. Se produjeron noticieros, documentales y ficción (tanto corto- como largometrajes).

Los noticieros se proyectaban en los cines antes de cada película, y tuvieron influencia, como se mencionó anteriormente, del periodismo cinematográfico cubano. Las crónicas recogían con verdadera creatividad visual los sucesos y acontecimientos más importantes de la Revolución Popular Sandinista, la Reforma Agraria, la Cruzada Nacional de Alfabetización, la guerra de agresión, la promoción de la cultura nacional, etc.

Nacionalización de las minas de Frank Pineda, fue el título del primer noticiero de Frank y en 1980 el noticiero 1979 año de la liberación, del mismo realizador, obtuvo el Premio de la Crítica en el Festival de Tashkent (URSS, 1980). Entre otros noticieros estaban: Inicio Cruzada Nacional de Alfabetización (1980) de María José Álvarez, Primer Aniversario de la Revolución Popular Sandinista (1980) de Ramiro Lacayo,Jornada anti-intervencionista (1981) de Mariano Marín, Unidad frente a la agresión (1983) de Alberto Legal y, Nicaragua ganó (1985) de Fernando Somarriba.

Dentro de algunas de las producciones documentales de la década se encuentran: La insurrección cultural (1980) de Jorge Denti, que obtuvo premio en el Festival de Bilbao en 1982; País pobre, ciudadano pobre (1981) de María José Álvarez; La otra cara del oro (1981) de Rafael Vargas Ruiz y Emilio Rodríguez; Bananeras (1982) de Ramiro Lacayo y Los hijos del río (1987) de Fernando Somarriba.

Entre las ficciones se pueden nombrar: Manuel (1985) de Rafael Vargas Ruiz, el primer cortometraje de ficción de la década; Que se rinda tu madre (1985) de Fernando Somarriba; Elcenterfielder (1985) de Ramiro Lacayo; Esbozo de Daniel (1985) de Mariano Marín; Únanse tantos vigores dispersos (1986) de Rafael Vargas Ruiz; Mujeres de la Frontera de Iván Argüello (1986) y El espectro de la guerra (1988) de Ramiro Lacayo.

Para esta época, Nicaragua fue muy visitada por cineastas de distintas nacionalidades y de igual manera se lograron realizar varias coproducciones, como por ejemplo, La insurrección (1980), un largometraje de Peter Lilienthal; Alsino y el cóndor (1982) del chileno Miguel Littin, nominada al Oscar como mejor película extranjera en 1983; El señor presidente (1983) del cubano Manuel Octavio Gómez y Walker (1983) de Alex Cox.

Los noticieros, los documentales y las ficciones se filmaron en formatos de 16 y 35 mm, pero también INCINE contaba con un Departamento de Video que recogía las semblanzas de escritores y pintores como Julio Cortázar, Ernesto Cardenal, Leoncio Sáenz, Leonel Vanegas, etc., producciones que fueron realizadas por Rosana Lacayo.

En esta década también tuvo lugar la experiencia del Taller de Cine Super 8 “Timoteo Velásquez” de la Central Sandinista de Trabajadores (CST), dirigido por el cineasta boliviano Alfonso Gumucio-Dagrón. El Taller de Cine Super 8 o Cine de los Trabajadores, es el concepto “de un nuevo cine que en manos de los trabajadores, contribuye en el proceso de construcción iniciado con el triunfo de la Revolución Popular Sandinista, el 19 de julio de 1979.” (Gumucio-Dragón, 1981, Presentación)

El Taller de Cine Super 8 fue parte del proyecto “Apoyo a la Campaña de Alfabetización Económica”, implementado por el Ministerio de Planificación de Nicaragua con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El programa inició en 1980 y tuvo como objetivo crear un centro de producción cinematográfica en la Central Sandinista de Trabajadores y el punto de partida fue “la tecnología sofisticada, pero automatizada del Cine Super 8 que hace posible su transferencia a manos de hombres y mujeres que nunca antes han abordado la producción cinematográfica.” (Gumucio-Dragón, 1981: 10)

En este sentido, se hablaba de la transferencia tecnológica, es decir, de poner el cine en manos del pueblo organizado, pues la capacitación fue dirigida a trabajadores de diferentes organizaciones de masas como la Central Sandinista de Trabajadores (CST), la Asociación de Trabajadores del Campo, los Comité de Defensa Sandinista, la Juventud Sandinista y la Asociación de Niños Sandinistas. Según Gumucio-Dragón, Nicaragua fue el primer país de América Latina que contaba con cineastas obreros.

La capacitación comprendió un periodo de cinco meses y se utilizó la Cámara Super 86 por considerarla un formato económico y fácil de manipular. El Taller tuvo como resultado Cooperativa Sandino (1981), una semificción de 40 min. que muestra los problemas que en esos momentos enfrentaba el país, a través de una cooperativa imaginaria. En ese sentido es considerada una parábola de la Nicaragua de esos años, de sus problemas y de las amenazas, como también de la gran voluntad de salir adelante (Zamora, 2004).

En este contexto y de manera simultánea, Alfonso Gumucio-Dragón escribió el libro El cine de los trabajadores. Taller de Cine Super 8, que recoge toda la experiencia de los talleres de capacitación de la CST en Nicaragua:

El cine Super 8 esta aún por descubrirse. Es un cine que no tiene todavía moldes ni etiqueta. Por ello este libro puede parecer prematuro. Contiene un cuerpo de reflexiones en movimientos indóciles, tesis esbozadas al calor de procesos históricos tan distintos como el de Nicaragua y el de Bolivia. (Gumucio-Dragón, 1981: 9)



Una etapa diferente

Para finales de la década de los ochenta, las instituciones cinematográficas ya no contaban con el apoyo estatal, y en la década de los noventa, las producciones de ficción fueron muy esporádicas, por la misma falta de financiamiento. La producción audiovisual de Nicaragua vivía su periodo de crisis. A pesar de la crisis y con muchas dificultades se logró hacer —aunque muy poco— cine independiente y se lograron obtener premios internacionales, tanto para el género documental como para la ficción.

Para esta época, algunos cineastas que formaron parte del ya desaparecido INCINE, establecieron sus propias productoras, pero más que todo se dedicaron a la producción de videos institucionales y de documentales financiados por la cooperación internacional y organizaciones no gubernamentales. Los temas abordados tenían que ver con la problemática social: la violencia contra la mujer, el abuso sexual, las migraciones, el sida, la contaminación ambiental, etc.

Una constante en la producción audiovisual de esta década, fue el tema y la perspectiva de género, que destacaba el papel de la mujer en la sociedad: Lady Marshal (1990) de María José Álvarez y Martha Clarisa Hernández, es el testimonio de tres mujeres, únicas dueñas de un barco de la comunidad pesquera Marshal Point del Atlántico Sur de Nicaragua. Se trata de un documental en formato de 16 mm. No todos los sueños han sido soñados (1994) y Blanco organdí (1998), de las mismas realizadoras; Cinema Alcázar (1998) y El día que me quieras (1999) de Florence Jaugey son otros documentales pertenecientes a esta década que abordan el tema.



Las iniciativas del nuevo milenio

En la actualidad el Estado sigue mostrando su desinterés en apoyar la expresión audiovisual, pues no se llegó a aprobar el anteproyecto de Ley de Fomento y Promoción de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales, redactada por la Asociación Nicaragüense de Cinematografía (ANCI)7. Esta falta de interés también se evidencia ante el estado lamentable en que se encuentra el Archivo Cinematográfico Nacional, pues se ha perdido valioso material por falta de presupuesto.

Sin embargo, esta es una nueva época, se reflejan nuevos proyectos y esfuerzos experimentales. Aunque la producción de video documental continúa, y generalmente sigue abordando los temas sociales, se visualiza una oportunidad para la ficción, la cual tuvo su mayor producción en la década de los ochenta.

En Nicaragua se están produciendo cuatro películas de ficción, apoyadas por ANCI con fondos de una agencia de cooperación, resultado de un Taller de Escritura Dramática: Brisa Nocturna de Rosana Lacayo, que trata un tema amoroso; Orión de Rafael Ruiz, el cual narra la historia de un actor de teatro y su lucha contra el sida; La cueva del muerto de Fernando Somarriba, una ficción que se remonta al año 1530 y aborda el tema de la colonización española; Historia de un amor anunciado de Bolívar González, que trata el tema de la homosexualidad. De estas cuatro, solamente Brisa Nocturna ha sido estrenada en salas de cine comerciales, las otras tres todavía están en proceso. Brisa Nocturna es la segunda ficción que se estrena en estos últimos años, después de Blanco organdí (1998) de María José Álvarez y Martha Clarisa Hernández.

Así, han surgido en estos años eventos de carácter cinematográfico, que en la década de los noventa no se habían manifestado, como por ejemplo, el primer Encuentro Centroamericano de Creadores, Productores y Promotores Audiovisuales, realizado en Granada, Nicaragua, en noviembre de 1999, así como cuatro ediciones de la Muestra de Cine y Video Latinoamericano a partir del año 2000 en las que fueron incluidas las producciones nacionales. Otros ejemplos de este nuevo momento son: una retrospectiva de Cine y Video de la Revolución (2004), una muestra de cine y video contemporáneo nicaragüense (2004) y dos muestras de video experimental (2005 y 2006), en las que fueron proyectadas aproximaciones experimentales de jóvenes videastas, nacidas de talleres de video experimental.

En resumen, este periodo podría vislumbrar nuevas promesas ante los avances de la tecnología y el auge del video y la cámara digital, formatos accesibles que permiten producir un cine más barato. Pero esto sólo el tiempo lo podrá confirmar, cuando la producción de este momento pase a formar parte de la historia audiovisual de Nicaragua.

Sólo resta decir que en este recorrido audiovisual, se ha identificado un aspecto importante, analizar el resultado de estas producciones, partiendo de una teoría de la recepción. El impacto que han podido provocar estas películas en el espectador como colectivo histórico (bagaje cultural individual y experiencias vividas), aspecto que se abordará en un estudio posterior.
© Elizabeth Ugarte Flores

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